la verdad:

Muere en tu pensamiento.

Mátala, deja que viva la realidad.

Piensa.

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bla.

Entre toda esta bruma de pseudo conocimiento intelectual hay una persona, que escribe sin ton ni son dejándose llevar por el contexto de palabras que flyuen, cogen carrerilla y se catapultan a través de sus dedos. Las palabras pesan en su cuerpo y se desprende de ellas con gran pesar por dejarlas marchar, con gran pesar de no quedárselas consigo, dejando un vacío que ya nada podrá llenar. Qué bien que el mundo esté tan lleno de nada para poderse llenar de ella.

Para sentir hay que estar vivo, y para sentarse hay que estar de pié. Con tantas orejas habmbrientas de conocimiento no puede uno quedarse sentado y seguir escuchando sollozos de dolor y de muerte.

En esta retórica interminable, insignificante, impropia de tangibilidad lógica remarco: dejémos de limitarnos a existir, muramos por la causa que nos da la vida.

Demostremos, soldados de asfalto, que no tenemos que demostrar nada.

Pongámos como norma general no poner normas generales.

Seamos kaos y orden, paz y guerra, blanco y rojo aunque nos contradigamos, somos demasiado prisioneros de nuestra libertad, presos de nuestras palabras arrastrados por nuestro futuro.
Que alguien le diga a la gente que deje de morir sin siquiera haber nacido, por favor.

Ni siquiera yo sé a qué me refiero con esto, pero no me puedo justificar por ello, soy otro de esos que su etiqueta es “no me pongo etiquetas” que su color favorito es “el menos favorito de todos” que donde todos dicen negro pues yo digo ladrillo, porque sí, porque hasta el zorro tiene depredadores.

Y

El sol quema, el agua moja y el aire pesa.
El sol brilla, el agua fluye y el aire vuela.

Déjame tranquilo con los pros y los contras del ser, atraviésame con palabras que mi mente no ha conocido ni conocerá nunca, articúlame este balbuceo que me quema en la garganta. Ilumina mis ojos, ciégame, déjame ver.

Luego agua la antorcha que me quema la mano, me entumece los músculos y me deslumbra el alma. Luego el humo me mostrará la salida, luego el agua me hidratará la consciencia. Luego emanará el alma de este cuerpo antiguo, luego existo.

Ah, con hache de susurro, con hache de viento por detrás de mis orejas, con hache de vol-ah-r, con hache de ah-ire sorteando los abedules, las hayas y los fresnos en el bosque de tu pelo llegando hasta mis sentidos, todos mis sentidos, hasta el de la vida.

Y me doy cuenta de que no me estaba dando cuenta de lo que me tenía que dar cuenta.
Y entre todas estas palabras hay espacios que dicen más que letras.
Y las y’s son un nexo perfecto para que no se acabe nunca.

Y

k-os.

Incluso en la arrogancia del órden, existe un magnífico y espléndido caos.

En estas tres dimensiones que viajan por este ordenado y paulatino tiempo, hay deformidades, hay momentos esporádicamente rápidos, lentos, fugaces y eternos.

La naturaleza, tan ordenada en esa tabla periódica numerada con un número detrás del otro, la cuadrícula para escribir, la habitación con la cama hecha, las coordenadas de donde estamos.
La naturaleza, tan caótica en este bosque con un árbol aquí, otro allá, la anarquía de las pecas de tu espalda, el dibujo con un ojo más grande que el otro, la habitación con la cama deshecha, lo mucho que sabemos donde estamos pero lo poco que nos encontramos.

Y es que lo que más me fascina es que el caos y el orden viven en una armonía que sin nosotros, no sería posible. Cada voz tiene su propia melodía, pero juntas forman una afinación, una consonancia armónica paradisíaca, y los humanos hemos llamado a este triángulo amoroso:

vida.